Espantados por los horrores de una guerra que trastorna pueblos y naciones, nos acogemos, oh Jesús, como refugio supremo a vuestro amantísimo Corazón: de Vos, oh Dios de las misericordias, imploramos el fin del durísimo azote; de Vos, Rey pacífico, esperamos con ansia la suspirada paz.
De vuestro Corazón divino irradiasteis sobre el mundo la caridad, para que, disipada toda discordia, reinase entre los hombres solamente el amor; mientras andabais entre los mortales tuvisteis latidos de tiernísima compasión para con las humanas desventuras. ¡Ah! conmuévase, pues, vuestro Corazón también en esta hora llena para nosotros de tan funestos odios y tan horribles estragos.
Tened piedad de tantas madres angustiadas por la suerte de sus hijos, piedad de tantas familias privadas de su jefe, piedad de la desgraciada Europa, a la que sobrevienen tantas ruinas.
Inspirad a los gobernantes y a los pueblos sentimientos de compasión, cesen las discordias que desgarran las naciones, haced que los hombres vuelvan a darse el ósculo de paz, Vos que les hicisteis hermanos con el precio de vuestra sangre. Y así como un día al grito suplicante del Apóstol Pedro: "Sálvanos, Señor, que perecemos" respondisteis piadoso calmando la tempestad del mar, así ahora responded propicio a nuestras confiadas oraciones devolviendo al mundo tan perturbado la tranquilidad y la paz.
Vos también, oh Virgen Santísima, como en otros tiempos de terrible prueba, protegednos, salvadnos.
Así sea.

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