Leías el Evangelio, ¡oh Cecilia castísima! y obrabas lo que leías; orabas y traías a raíz de tus carnes un áspero cilicio para consagrar tu virginidad, y ofrecer tu alma en sacrificio al Señor. Convertiste a tu esposo Valeriano, y de león bravo le hiciste cordero manso, y le enseñaste a ser mártir; y por tus palabras y ejemplos otros muchos derramaron su sangre por Cristo. El baño encendido te sirvió de refrigerio, e hiriéndote tres veces el verdugo no pudo cortar tu sagrada cabeza, hasta que al cabo de tres días, estando en oración, voló tu bendita alma resplandeciente a tu dulcísimo esposo, y tu casa se consagró en iglesia, y todo el pueblo recibió por tu intercesión innumerables beneficios, y cada día los recibe de la poderosa mano del Señor. Suplícale ¡oh Virgen purísima! que se apiade de su Iglesia, y nos conceda la perfecta mortificación de nuestras pasiones, y obrar lo que creemos, y traer con nuestro ejemplo a otros al conocimiento y amor de Dios, y dar esta vida temporal por él para gozar en la eterna contigo de tu bienaventuranza, al cual sea gloria, honra y alabanza en los siglos de los siglos. Amén.

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