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¡Oh bienaventurado Martín! Sí en la tierra vivías sólo para Dios y para tus semejantes, hoy que te hallas ya junto al trono de la bondad y la misericordia, puedes disponer mejor de sus tesoros. Si aquí conocías dónde estaba la necesidad para remediarla, mejor la ves desde el Cielo donde moras. Mira, pues, Martín bondadoso, a los que a ti acudimos con la segura confianza de ser oídos.

No defraudes las esperanzas de los que deseamos verte ensalzado en la tierra, como Dios te ensalzó llevándote a su Gloria. Amén.

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