Bellísimo encanto de inocencia, San Juan Berchmans, lirio que en el paraíso de la Iglesia descuella entre tantas flores de celestial hermosura: ¿quién no se siente embelesado al contemplar el admirable concierto de virtudes, que desde las más tierna edad resplandecieron en vuestra alma candorosa? Ángel en la niñez por vuestra pureza e inocencia, santo en la juventud por vuestra fidelidad a la gracia, y envidiable en la muerte por el gozo que os infundió la gloria que esperabais. A ti acude la juventud para conservar la inocencia y salir de sus extravíos; a ti en cuyo semblante se reflejaba, como en un espejo, la justicia original que perdieron nuestros primeros padres. "Hacerlo todo bien", esta fue vuestra divisa, pues en eso está cifrado el mérito de la virtud y el heroísmo de la santidad. ¡Oh, quién pudiera unir con la perfección que alcanzaste, la modestia con el agrado, el silencio y la amabilidad, la hermosura y el rubor, el donaire y la alegría, con la delicadeza de conciencia, la unión con Dios y el trato con el prójimo. Quien me diera tu vigilancia sobre los sentidos y la puntualidad que tuviste en el cumplimiento de vuestros deberes de hijo, de estudiante y de religioso. Al leer vuestra vida me parece tan fácil ser santo, pero ¡ay! que una triste experiencia me convence de mi cobardía y de mi miseria. Suple pues, oh amable protector mío, con tu intercesión lo que falta a mis méritos a fin de que logre veros en el Cielo por toda la eternidad. Amén.

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